Un viaje al corazón de la República Dominicana.

Un viaje al corazón de la República Dominicana.


Cabo Rojo, Arroyo Barril y Puerto Plata: tres nombres y un solo efecto secundario. Ganas inmediatas de viajar. En Cabo Rojo, al suroeste de la República Dominicana, se descubre una cara más salvaje y auténtica del Caribe. El paisaje combina mares de color azul cobalto, salinas blancas y tramos de costa todavía poco concurridos. Muy cerca, Bahía de las Águilas es una de esas maravillas que no pueden faltar en el itinerario: una playa protegida dentro del Parque Nacional Jaragua, famosa por sus aguas turquesas y su arena clara. Es el lugar ideal para practicar snorkel, recorrer la costa en kayak o disfrutar de un día de mar en uno de los rincones más bellos de la zona. A poca distancia, Laguna de Oviedo es un pequeño reino de manglares, flamencos e iguanas rinoceronte. Se recorre en yola, la embarcación tradicional: prismáticos listos, espíritu aventurero garantizado. En Arroyo Barril, en la península de Samaná, el ritmo se vuelve más pausado mientras el paisaje gana protagonismo. Entre enero y marzo, la bahía puede convertirse en el escenario natural de las ballenas jorobadas. Luego está la cascada El Limón, a la que se puede llegar a caballo o mediante una caminata tropical, y Cayo Levantado, donde las palmeras proporcionan sombra y el relax hace el resto. En el Parque Nacional Los Haitises, las cuevas y las pinturas rupestres añaden un toque de misterio. Amber Cove abre las puertas de Puerto Plata, entre fortalezas, casas victorianas y el teleférico que asciende al Monte Isabel de Torres. Arriba, rodeado de jardines tropicales y vistas espectaculares de la costa, incluso quien dice “solo voy a hacer una foto” acaba llenando la memoria del móvil. Para los amantes de la adrenalina hay tirolinas y los charcos, las piscinas naturales de las cascadas de Damajagua. Y si la aventura llega desde el mar, Coconut Cove responde con aguas cálidas, kayaks y tablas de paddle para explorar la bahía al más puro ritmo caribeño. Después llegan los sabores locales: ron, chocolate y quizá un zumo de chinola, la fruta de la pasión. Y, por supuesto, tostones, mangú y plátano en todas las formas imaginables. Aquí, hasta la gastronomía tiene personalidad.


